Política

Una crisis que hace saltar máscaras e hilachas

A días del anuncio que hizo el ahora ex canciller nacional Luis Alberto Castiglioni, de que el Paraguay solicitará al Brasil dejar sin efecto el acta bilateral sobre Itaipú firmada en mayo pasado, me sigue sonando su absurda justificación de que adoptaron esta determinación porque el tema ha sido objeto de “una gran desinformación que fue aprovechada para una gran manipulación política”.

Una frase lapidaria para este Gobierno, que no deja de sorprendernos por su falta de tino, sus errores y la falta de liderazgo del presidente.

El ex canciller no reconoció que la equivocación que originó la crispación política fue obra de ellos, y no de la gente que critica, les señala sus desaciertos y se manifiestan ante sus mansiones. Tampoco de la prensa que, como pocas veces, ha demostrado un gran esfuerzo por reducir a un problema de comunicación una crisis tan grave como la que está atravesando en menos de un año el Poder Ejecutivo, es una desinteligencia total, porque en realidad es reconocer explícitamente que ni siquiera saben comunicar.

Aunque en este caso la cuestión es mucho más preocupante, puesto que la ciudadanía tomó conocimiento del mencionado acuerdo sobre la compra de potencia de la usina de Itaipú, solo porque el presidente de la ANDE renunció e hizo públicas las razones sobre por qué se rehusó a refrendar con su firma un acta bajo términos que consideró lesivos a los intereses del país.

Dicho de otro modo, no hubo la más mínima intención de dar a publicidad ese documento en cuya versión final y firma actuaron funcionarios de la Cancillería, encabezados por el embajador Hugo Saguier Caballero. Los técnicos paraguayos que venían trabajando el tema fueron excluidos en la reunión definitoria.

Hasta aquí, podemos concluir que el discurso de la transparencia en este Gobierno no pasa de eso. Que con funcionarios formados en época de la dictadura, el secretismo es una práctica normal. Y el presidente Abdo está rodeado de varios de ellos.

Esto es tan grave, como el no saber elegir a las personas idóneas para administrar asuntos de Estado. Si no, cómo explicar que su asesor político Daniel Centurión, cuando fue aumentando el descontento ciudadano y se formó el tsunami de críticas hacia el presidente, posteó esta amenaza: “… ahijados de Maduro, peñe calma, el Paraguay no es Venezuela, nos buscan, nos van a encontrar”. Antes, recordó que miles de colorados y no colorados de todo el país “se ponen a disposición de la defensa de la República”. Fue su gran aporte, con un lenguaje provocador que crispó aún más el ambiente y lo desnudó ante la primera gran crisis como una persona visceral, antes que racional, poco apta para asesorar nada menos que al jefe de Estado.

Así de “profesionales” resultaron ser los asesores del mandatario, incluyendo a Julio Ullón, jefe de Gabinete de la Presidencia de la República. No hablemos del pobre papel en esta historia del director paraguayo de Itaipú, Alberto Alderete. Pero son más los que equivocadamente eligió el presidente de la República como colaboradores, probablemente como pago de favores políticos electorales.

Han caído caretas, han saltado actitudes autoritarias, hilachas stronistas y se ha reafirmado la percepción de una visible falta de liderazgo del presidente Mario Abdo, quien tendrá que redoblar esfuerzos para salvar su desgastada imagen, en tan corto tiempo. El Ejecutivo comienza a decantarse, y a mostrar sus peores y mejores fichas.

Lo rescatable de esta crisis política es que hoy los paraguayos miramos con mucho mayor interés y avidez todo lo relacionado con la Itaipú.

Otro signo esperanzador es que entre miles de funcionarios, de pronto, hay un Pedro Ferreira y un Fabián Cáceres que dan significado a una palabra tan hueca en el país, como patriotismo. Ah, y que los senadores y diputados decidieran incorporar en la agenda legislativa el tema Itaipú. Aún así, qué decepcionante es comprobar de nuevo que no todas las autoridades se juegan por el país.